
Tenían razón. Técnicamente, tenían razón. Bien lo sabía yo, que era abogado. Yo mismo me había mostrado favorable a aquella medida en numerosas ocasiones. Para mis clientes. Ladrones, estafadores, atracadores, individuos en quiebra e incluso algún que otro camello.
Pero no violadores de niños.
En cualquier caso, quería romperle la cara a alguien.
O fumar.
O hacer cualquier otra cosa que no fuera regresar a mi despacho y ponerme a trabajar.
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Pero regresé al despacho y trabajé sin hacer ninguna pausa, ni siquiera para ir a comer algo, hasta bien entrada la tarde. Después le dije a Maria Teresa que tenía algo urgente que hacer y me fui a la librería.
Estuve dando vueltas entre las estanterías hasta la hora del cierre y fui el último en salir, cuando la persiana metálica ya estaba medio bajada y los dependientes permanecían todos en fila junto a la caja, mirándome sin la menor simpatía.
Llamé al timbre de casa de Margherita y esperé a que me abriera.
Tenía las llaves, pero casi nunca las utilizaba. Lo mismo hacía ella con mi apartamento, dos pisos más abajo.
Cada uno conservaba su vivienda, con los libros, los pósters, los discos y todo lo demás; el desorden, concretamente en mi pequeño apartamento. El suyo era un ático grande, bonito y ordenado. No de manera obsesiva. El orden propio de quien controla con serenidad la situación. Entre nosotros dos, el control lo ejercía ella, pero a mí me parecía bien.
El único cambio tuvo lugar en su casa. Compramos una cama enorme. La más grande que había, y la colocamos en su dormitorio. Me apropié del rincón de un armario y dejé allí unas cuantas cosas mías. Después ocupé un estante del cuarto de baño. Y nada más.
A menudo me quedaba a dormir en su casa.
