Pero no siempre. A veces me apetecía quedarme a ver la televisión hasta muy tarde -cada vez menos- y a veces quería leer hasta muy tarde. A veces era ella la que quería dormir sola, sin nadie a su alrededor. A veces, uno de los dos salía con sus amigos. A veces ella viajaba por asuntos de trabajo y yo me quedaba en mi casa. No entraba nunca en la suya cuando ella no estaba. Y la echaba de menos a las pocas horas de haberse ido.

Volví a pulsar el timbre justo en el momento en que se abría la puerta.

– ¿Nervioso?

– ¿Sorda?

– Si quieres quedarte en ayunas, basta con que lo digas. No es necesario andarse con indirectas ni rodeos.

No quería quedarme en ayunas y desde el interior del apartamento me llegaban los deliciosos efluvios de una comida recién preparada. Levanté las manos a la altura del pecho, le enseñé las palmas en señal de rendición y entré pasando entre su cuerpo y el marco de la puerta.

– ¿Te he dado permiso para entrar?

– Te he comprado un libro.

Ella me miró las manos vacías y yo me saqué del bolsillo de la trenca la bolsita de la librería. Entonces cerró la puerta.

– ¿Qué es?

– Constantinos Kavafis. Es un poeta griego. Escucha esto: Ítaca.

Abrí el librito blanco, me senté en el sofá y leí.

– Tienes que desear que el camino sea largo. / Que sean muchas las mañanas de verano / cuando en los puertos -al final y con cuánta alegría- / tú toques tierra por vez primera: / detente en los emporios fenicios y compra nácares corales y ámbares / valiosas mercancías todas ellas, también perfumes / penetrantes de todas clases, todos los embriagadores / perfumes que puedas, / visita muchas ciudades egipcias / aprende muchas cosas de los sabios. / Que tengas siempre Ítaca en la mente / que llegar a ella sea tu constante pensamiento. / Por encima de todo, no apresures el viaje, / cuida de que dure mucho tiempo, años…

Margherita me quitó el libro de las manos. Marcando la página con un dedo, miró la tapa -ninguna ilustración, sólo una poesía, también allí-, pasó los dedos por la cartulina blanca y lisa; leyó la contraportada. Después regresó al poema que yo le estaba leyendo y vi que movía en silencio los labios.



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