
Yo trataba de darme un aire distante y autoirónico en cuanto a mi presencia en aquellos ambientes -más o menos de izquierdas, más o menos intelectuales, más o menos sin problemas económicos, más o menos por encima de los treinta y por debajo de los cincuenta (bueno, no, también algunos por encima de los cincuenta)-, pero los seguía visitando. Como todos los demás.
Aquella noche la primera película del programa era House of Games. Una de mis diez películas preferidas. Una extraordinaria historia, nocturna y alucinada, de psiquiatras y estafadores.
Faltaban por lo menos tres cuartos de hora para el comienzo de la película. Margherita vio a dos amigas sentadas a una mesa, se acercó a saludarlas y ellas nos invitaron a sentarnos. Las amigas de Margherita eran novias y ambas se llamaban Giovanna. Y hasta se parecían. Ambas llevaban ropa de hombre y ambas se movían con gestos masculinos. Hasta el extremo de que me pregunté cuáles serían sus papeles -si es que los había- en la pareja. Iban al mismo gimnasio de artes marciales que Margherita.
– ¿Os quedáis a ver la película? -preguntó Margherita.
– No, no creo. Mañana Giovanna tiene que madrugar -dijo Giovanna.
– Sí, nos terminamos este ron y nos vamos a dormir -añadió Giovanna.
En cierto modo me ignoraban. Quiero decir que ambas se habían vuelto hacia Margherita, hablaban sólo con ella y habría podido jurar que no la miraban con inocencia.
En determinado momento Giovanna le preguntó a Margherita si había decidido apuntarse con ellas al curso de paracaidismo.
¿Qué curso de paracaidismo?
– Lo estoy pensando. Me encantaría. Es algo que quiero probar desde hace muchos años. Sólo que no estoy segura de que tenga tiempo.
Conseguí meterme en la conversación.
