“Andaba entre los nuestros diligente un etíope digno de alabanza, llamado Salvador, negro valiente, de los que tiene Yara en su labranza, hijo de Golomón, viejo prudente: el cual, armado de machete y lanza, cuando vido a Girón andar brioso, arremete contra él como león furioso”.

Recio y prolongado resultó el combate. Desnudo iba quedando el negro, de tanto como lo rozaban las furiosas cuchilladas del luterano, bien defendido por su cota de factura normanda. Pero, luego de burlarlo, sofocarlo, fatigarlo, acosarlo, con mañas de las que se usan en los apartamientos de ganado bravío, el animoso Salvador:

“…hízose afuera y le apuntó derecho, metiéndole la lanza por el pecho. ¡Oh, Salvador criollo, negro honrado! ¡Vuelve tu fama, y nunca se consuma; que en alabanza de tan buen soldado es bien que no se cansen lengua y pluma!”

Cortada es luego la cabeza del pirata y enclavada en la punta de una lanza para que todos, en el camino, sepan de su fin miserable, antes de ser bajada al hierro de un puñal que hasta la empuñadura le entra por las tragaderas -con cuyo trofeo se llega, en arrebato de vencedores, a la ilustre ciudad de Bayamo. A gritos piden los vecinos que se conceda al negro Salvador, en premio a su valentía, la condición de hombre libre, que bien merecida se la tiene. Otorgan las autoridades la merced. Y, con el regreso del Santo Obispo, cunde la fiesta en la población.



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