(- “Así cuentan algunos feriantes en los mercados de México -pensaba el viajero- la gran historia de Montezuma y Hernán Cortés.”) Se entera pues el hugonote que el Santo Pastor de la Fernandina pernoctaba en Yara, y sale en su busca, seguido de sus sayones, con el perverso ánimo de apresarlo y exigir fuerte rescate por su persona. Llega al pueblo de madrugada, halla dormidos a los moradores, se apodera del virtuoso prelado sin reverencia ni miramientos, reclamando, a cambio de su libertad, un tributo -cosa enorme para esa pobre gente- de doscientos ducados en dineros, cien arrobas de carne y tocino, y mil cueros de ganado, amén de otras cosas menores, reclamadas por los vicios y bestialidades de tales forbantes. Reúnen los atribulados vecinos lo fijado por la exorbitante demanda, y devuelto es el Obispo a su parroquia, donde es recibido con grandes festejos y alegrías – “de los que luego se hablará con mayor despacio”, advierte el mozo, antes de ahuecar la voz y arrugar el ceño para entrar en la segunda parte, bastante más dramática, del relato… Furioso al enterarse de lo ocurrido, un bizarro Gregorio Ramos, capitán “con arrestos de Paladín Roldán”, resuelve que no habrá de salirse el francés con la suya, ni gozarse del botín tan fácilmente malhabido. Junta prestamente una partida de hombres de pelo en pecho y bragas bien colgadas y frente a ella se encamina a Manzanillo, con el propósito de librar batalla al pirata Girón. Iban en la tropa gente de espada bien templada, partesanas, botafogos y espingardas, cargando los más, sin embargo, con aquello que mejor hubiesen hallado para arrojarse a la pelea, por no ser su oficio el de las armas: llevaba éste un herrón amolado, junto al que sólo pudo conseguirse una pica mohosa; alzaba aquél una aguijada boyera o un chuzo de labranza, trayendo un pellejo de manatí a falta de broquel. También se tenían varios indios naboríes, listos a luchar de acuerdo con las astucias y costumbres de su nación. Pero venía sobre todo -¡sobre todo! – en el escuadrón movido por heroico empeño, “uno, ese, Aquel” (y se quito el sombrero pajizo de revueltos flecos el narrador) a quien el poeta Silvestre de Balboa habría de cantar en especial estrofa:



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