
Y acá lo que se va.” En lo que se iba, también alguna plata -alguna vajilla menor, un juego de copas, y, desde luego, la bacinilla del ojo de plata-, pero, más bien, camisas de seda, calzones de seda, medias de seda, sederías de la China, porcelanas del Japón -las del desayuno que, vaya usted a saber, tomaríase, a lo mejor, en gratísima compañía-, y mantones de Manila, viajados por los anchísimos mares del Poniente. Francisquillo, de cara atada, cual lío de ropas, por un rebozo azul que al carrillo izquierdo le pegaba una hoja de virtudes emolientes, pues el dolor de muelas se lo tenía hinchado, remedando al Amo, y meando a compás del meado del Amo, aunque no en bacinilla de plata sino en tibor de barro, también andaba del patio a las arcadas, del zaguán a los salones, coreando, como en oficio de iglesia: “Aquí lo que se queda… Acá lo que se va.” Y tan bien quedaron, a la puesta del sol, los platos y platerías, las chinerías y japonerías, los mantones y las sedas, guardados donde mejor pudieran dormir entre virutas o salir a larguísimo viaje, que el Amo, aún de bata y gorro cuando le tocara ponerse ropas de mejor ver -pero ya hoy no se esperaban visitas de despedida formal-, invitó al sirviente a compartir con él un jarro de vino, al ver que todas las cajas, cofres, huacales y petacas quedaban cerrados. Después, andando despacio, se dio a contemplar, embauladas las cosas, metidos los muebles en sus fundas, los cuadros que quedaban colgados de las paredes y testeros. Aquí, un retrato de la sobrina profesa, de hábito blanco y largo rosario, enjoyada, cubierta de flores -aunque con mirada acaso demasiado ardiente- en el día de sus bodas con el Señor. Enfrente, en negro marco cuadrado, un retrato del dueño de la casa, ejecutado con tan magistral dibujo caligráfico que parecía que el artista lo hubiese logrado de un solo trazo -enredado en sí mismo, cerrado en volutas, desenrollado luego para enrollarse otra vez sin alzar una ancha pluma del lienzo.