
Por descansar del barullo y de los empellones, de los zarandeos de la multitud, del mareo de los colores, el Amo, vestido de Montezuma, entró en la “Botteghe di caffé” de Victoria Arduino, seguido del negro, que no había creído necesario disfrazarse al ver cuán máscara parecía su cara natural entre tantos antifaces blancos que daban, a quienes los llevaban, un medio rostro de estatua. Allí estaba sentado ya, en una mesa del fondo, el Fraile Pelirrojo, de hábito cortado en la mejor tela, adelantando su larga nariz corva entre los rizos de un peinado natural que tenía, sin embargo, como un aire de peluca llovida. -“Como he nacido con esta careta no veo la necesidad de comprarme otra” -dijo, riendo.-“¿Inca?” -preguntó después, palpando los abalorios del emperador azteca. -“Mexicano” -respondió el Amo, largándose a contar una larga historia que el fraile, ya muy metido en vinos, vio como la historia de un rey de escarabajos gigantes -algo de escarabajo tenía, en efecto, el peto verde, escamado, reluciente, del narrador-, que había vivido no hacía tanto tiempo, si se pensaba bien, entre volcanes y templos, lagos y teocallis, dueño de un imperio que le fuera arrebatado por un puñado de españoles osados, con ayuda de una india, enamorada del jefe de los invasores. -“Buen asunto; buen asunto para una ópera…” -decía el fraile, pensando, de pronto, en los escenarios de ingenio, trampas, levitaciones y “machinas”, donde las montañas humeantes, apariciones de monstruos y terremotos con desplome de edificios, serían del mejor efecto, ya que aquí se contaba con la ciencia de maestros tramoyistas capaces de remedar cualquier portento de la naturaleza, y hasta de hacer volar un elefante vivo, como se había visto recientemente en un gran espectáculo de magia. Y seguía el otro hablando de hechicerías de teules, sacrificios humanos y coros
