de noches tristes, cuando apareció el ocurrente sajón, amigo del fraile, vestido con sus ropas de siempre, seguido del joven napolitano, discípulo de Gasparini, que, quitándose el antifaz por harto sudado, mostró el semblante astuto y fino que siempre se le alegraba en risas cuando contemplaba la cara obscura de Filomeno: – “Hola, Yugurta…” Pero el sajón venía de pésimo humor, congestionado por el enojo -también, desde luego, por algunos tintazos de más- porque un mamarracho cubierto de cencerros le había meado las medias, huyendo a tiempo para esquivar una bofetada que, cayendo en la nalga de un marico, hubiese puesto la víctima a ofrecer la otra mejilla, creyendo que el halago le venía en serio. – “Cálmate -dijo el Fraile Pelirrojo-: Ya sé que la “Agripina” tuvo, esta noche, más éxito que nunca.”-“¡Un triunfo! -dijo el napolitano, vaciando una copa de aguardiente dentro de su café-: El Teatro Grimani estaba lleno.” Buen éxito, tal vez, por los aplausos y aclamaciones finales, pero el sajón no podía acostumbrarse a este público: “Es que aquí nadie toma nada en serio.” Entre canto de soprano y canto de “castrati”, era un ir y venir de los espectadores, comiendo naranjas, estornudando el rapé, tomando refrescos, descorchando botellas, cuando no se ponían a jugar a los naipes en lo más trabado de la tragedia. Eso, por no hablar de los que fornicaban en los palcos -palcos demasiado llenos de cojines mullidos-, tanto que, esa noche, durante el patético recitativo de Nerón, una pierna de mujer con la media rodada hasta el tobillo había aparecido sobre el terciopelo encarnado de una barandilla, largando un zapato que cayó en medio de la platea, para gran regocijo de los espectadores repentinamente olvidados de cuanto ocurría en la escena. Y, sin hacer caso de las carcajadas del napolitano, se dio Jorge Federico a alabar las gentes que, en su patria, escuchaban



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