
Todo estaba como inmovilizado en un calor de tahona, oliente a cieno y revolcaduras de marrano, a berrenchines y estiércol de establos, cuyo cotidiano bochorno venía a magnificar, en añoranzas, la transparencia de las mañanas mexicanas, con sus volcanes tan próximos, en la ilusión del mirar, que sus cimas parecían situadas a media hora de marcha de quien contemplara el esplendor de sus blancuras puestas sobre los azules de inmensos vitrales. Y aquí habían venido a parar, con cajas, baúles, fardos y guacales, los pasajeros del barco enfermo, esperando que le curaran las mataduras, mientras, en la ciudad de enfrente, bien alzada sobre las aguas del puerto, reinaba el siniestro silencio de las mansiones cerradas por la epidemia. Cerradas estaban las casas de baile, de guaracha y remeneo, con sus mulatas de carnes ofrecidas bajo el calado de los encajes almidonados. Cerradas las casas de las calles de los Mercaderes, de la Obrapía, de los Oficios, donde a menudo se presentaban -aunque esto no fuese novedad muy notable- orquestas de gatos mecánicos, conciertos de vasos armónicos, pavos bailadores de forlana, los célebres Mellizos de Malta, y los sinsontes amaestrados que, además de silbar melodías de moda, con el pico ofrecían tarjetas donde estaba escrito el destino de cada cual. Y como si el Señor, de tarde en tarde, quisiese castigar los muchos pecados de esa ciudad parlera, alardosa y despreocupada, sobre ella caían, repentinamente, cuando menos se esperaban, los alientos malditos de las fiebres que le venían -según opinaban algunos entendidos- de las podredumbres que infestaban las marismas cercanas. Una vez más había sonado el “
Dies Irae” de rigor y las gentes lo aceptaban como un paso más, rutinario e inevitable, del Carretón de la Muerte; pero lo malo era que Francisquillo, después de tiritar durante tres días, acababa de largar el alma en un vómito de sangre. Con la cara más amarilla que azufre de botica, lo metieron entre tablas, llevándolo