
Pero he aquí que en la posada de donde salen, cada mañana, las recuas que hacen el viaje a Jaruco, le ha llamado la atención un negro libre, hábil en artes de almohaza y atusado, que, en los descansos que le deja el cuidado de sus bestias, rasguea una guitarra de mala pinta, o, cuando le vienen otras ganas, canta irreverentes coplas que hablan de frailes garañones y guabinas resbalosas, acompañándose de un tambor, o, a veces, marcando el ritmo de los estribillos con un par de toletes marineros, cuyo sonido, al entrechocarse, es el mismo que se oye -martillo con metal- en el taller de los plateros mexicanos. El viajero, para aliviarse de su impaciencia por proseguir la navegación, se sienta a escucharlo, cada tarde, en el patio de las mulas. Y piensa que en estos días, cuando es moda de ricos señores tener pajes negros -parece que ya se ven esos moros en las capitales de Francia, de Italia, de Bohemia, y hasta en la lejana Dinamarca donde las reinas, como es sabido, hacen asesinar a sus esposos mediante venenos que, cual música de infernal poder, habrá de entrarles por las orejas-, no le vendría mal llevarse al cuadrerizo, enseñándole, desde luego, ciertos modales que parece ignorar. Pregunta al posadero si el sujeto es mozo honrado, de buena doctrina y ejemplo, y le responden que no lo hay mejor en toda la villa, y que, además, sabe leer, puede escribir
