a un cementerio donde los ataúdes tenían que atravesarse, unos encima de otros, cruzados, tornapuntados, como maderas en astillero, pues, en el suelo, no quedaba lugar para los que de todas partes traían… Y he aquí que el Amo se ve sin criado, como si un amo sin criado fuese amo de verdad, fallida, por falta de servidor y de vihuela mexicana, la gran entrada, la señalada aparición, que había soñado hacer en los escenarios a donde llegaría, rico, riquísimo, con plata para regalar, un nieto de quienes hubiesen salido de ellos – “con una mano delante y otra atrás”, como se dice- para buscar fortuna en tierras de América.

Pero he aquí que en la posada de donde salen, cada mañana, las recuas que hacen el viaje a Jaruco, le ha llamado la atención un negro libre, hábil en artes de almohaza y atusado, que, en los descansos que le deja el cuidado de sus bestias, rasguea una guitarra de mala pinta, o, cuando le vienen otras ganas, canta irreverentes coplas que hablan de frailes garañones y guabinas resbalosas, acompañándose de un tambor, o, a veces, marcando el ritmo de los estribillos con un par de toletes marineros, cuyo sonido, al entrechocarse, es el mismo que se oye -martillo con metal- en el taller de los plateros mexicanos. El viajero, para aliviarse de su impaciencia por proseguir la navegación, se sienta a escucharlo, cada tarde, en el patio de las mulas. Y piensa que en estos días, cuando es moda de ricos señores tener pajes negros -parece que ya se ven esos moros en las capitales de Francia, de Italia, de Bohemia, y hasta en la lejana Dinamarca donde las reinas, como es sabido, hacen asesinar a sus esposos mediante venenos que, cual música de infernal poder, habrá de entrarles por las orejas-, no le vendría mal llevarse al cuadrerizo, enseñándole, desde luego, ciertos modales que parece ignorar. Pregunta al posadero si el sujeto es mozo honrado, de buena doctrina y ejemplo, y le responden que no lo hay mejor en toda la villa, y que, además, sabe leer, puede escribir



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