
Varga se acercó lentamente a la gran cama de madera de caoba y dejó el maletín sobre la mesa. Ya no necesitaba su instrumental. En vida, su paciente estaba hecho un toro, y Varga pensó en toda la violencia que había provocado. Pero ahora, esos pronunciados pómulos indios estaban consumidos y pálidos. Al médico le pareció que algo no encajaba: ¿cómo alguien que había causado tanto miedo y sufrimiento durante su vida podía tener ahora un aspecto tan frágil y marchito?
Varga oyó voces que venían del pasillo, perturbando la calma del amanecer. Bobi, el hijo menor del anciano, entró corriendo en el dormitorio aún en pijama. Se detuvo inmediatamente y clavó la vista en la forma inerte, con los ojos muy abiertos.
– ¿Está muerto?
El médico asintió.
– Por fin ha dejado de aferrarse a la vida después de ochenta años de tenerla bien cogida por los huevos.
La mujer de Bobi, Margarita, con el tercer nieto del anciano en brazos, rompió a llorar en la entrada del dormitorio. El hijo se acercó a la cama con sigilo y cautela, como si avanzara hacia un puma dormido que en cualquier momento pudiera lanzarse al ataque. Se arrodilló y rozó levemente con la mano el rostro y los pómulos tensos y apagados del anciano. Luego, tomó la mano de su padre, aún áspera y ajada como la de un jornalero, y le besó dulcemente los nudillos.
– Se acabaron todas las apuestas, papá [1]-susurró mirando a los ojos sin vida de su padre.
Entonces, Bobi se levantó y asintió con la cabeza.
– Gracias, doctor, por todo lo que ha hecho. Me aseguraré de que llegue a oídos de mis hermanos.
