
Varga trató de leer lo que había en los ojos del hijo. Dolor. Incredulidad. Tras la larga enfermedad de su padre, por fin había llegado el día.
No. Era más bien una pregunta lo que mostraban aquellos ojos. El anciano llevaba años manteniéndolo todo en pie, con la fuerza de su voluntad.
Pero ¿qué pasaría ahora?
Bobi tomó a su esposa del brazo y abandonó la habitación. Varga se acercó a la ventana y abrió los postigos, dejando entrar la luz de la mañana. El alba se había adueñado del valle.
Éste era propiedad del anciano, kilómetros y kilómetros a la redonda, mucho más allá de las verjas: los pastos y la brillante cordillera, de tres mil metros de altura. Junto a los establos había aparcados dos todoterrenos. Un par de guardaespaldas armados con pistolas automáticas sorbían café apoyados en una valla, ajenos a lo que ocurría.
– Sí -murmuró Varga-, házselo saber a tus hermanos. -Se volvió hacia el anciano-: Ya ves, hijo de puta, hasta muerto eres peligroso -susurró.
Se había abierto la compuerta y las aguas iban a desbordarse con furia. La sangre nunca se limpia con sangre.
Salvo aquí.
Sobre la cabecera de la cama había un cuadro de la Virgen y el Niño con un marco tallado a mano; Varga sabía que era regalo de una iglesia de Buenaventura, donde había nacido el anciano. El médico no era religioso pero se santiguó igualmente al tiempo que levantaba la sábana húmeda y tapaba delicadamente el rostro del difunto con ella.
– Espero que por fin encuentres la paz, viejo, estés donde estés… porque lo que es aquí, se va a desatar un verdadero infierno.
No sé si es un sueño o es verdad.
Bajo del autobús de la Segunda Avenida. Estoy sólo a dos manzanas de donde vivo. Enseguida me doy cuenta de que pasa algo.
Tal vez sea el tipo que veo apartarse de la fachada de la tienda, tirando el cigarrillo a la acera, para seguirme a poca distancia. Tal vez sea el taconeo incesante de sus pasos en la acera detrás de mí, al cruzar hacia la calle Doce.
