
– ¿Benjamín Raab?
– Sí… -Se levantó y miró de frente al hombre alto y medio calvo que se había dirigido a él y parecía estar al mando-. No pueden entrar aquí a empujones, así sin más. ¿Qué diablos pasa?
– Pasa, señor Raab -le contestó arrojando sobre la mesa un documento doblado-, que tenemos una orden de detención contra usted de un juez federal.
– ¿Detención…? -De repente había gente con placas del FBI por todas partes. Habían reunido a todos los empleados y les estaban ordenando desalojar la oficina-. ¿Y de qué demonios se me acusa?
– Blanqueo de dinero, cooperación e instigación a actividades delictivas, y conspiración para estafar al gobierno de Estados Unidos -leyó en voz alta el agente-. ¿Qué me dice, señor Raab? Nos incautaremos del contenido de esta oficina como prueba material para el caso.
– ¿Cómo?
Antes de que alcanzara a pronunciar otra palabra, el segundo agente, un joven hispano, lo obligó a volverse, le juntó bruscamente los brazos a la espalda y lo esposó delante de toda la oficina.
– ¡Esto es un disparate! -exclamó Raab retorciéndose y tratando de mirar al policía a la cara.
– Ya lo creo -rió el agente hispano. Le arrebató de las manos los folletos de viajes-. Lástima -dijo guiñando un ojo y volviéndolos a tirar sobre el escritorio-. Tenía muy buena pinta ese viaje.
2
– Mira estos pequeñines -murmuró Kate Raab, mientras observaba detenidamente por el potente microscopio Siemens.
Tina O'Hearn, su compañera de laboratorio, se inclinó sobre el aparato.
– ¡Caray!
En medio de la reluciente luminiscencia que creaba la lente de alta resolución se veían dos células ampliadas y resplandecientes. Una era el linfocito, el glóbulo blanco defectuoso con un anillo de partículas peludas que sobresalía por su membrana. La otra célula era más fina, con forma de garabato y un gran punto blanco en el centro.
