– De acuerdo, amigo mío -suspiró finalmente el comprador indio, rindiéndose-. Trato hecho.

– Uf, Raj -resopló Raab fingiendo alivio-. Los del Financial Times están aquí fuera, esperando la exclusiva.

El indio también se echó a reír y cerraron el trato: 648,50 dólares, tal como había escrito.

Betsy sonrió.

– Siempre dice lo mismo, ¿no? -comentó mientras cambiaba el contrato manuscrito por dos folletos de viajes, que dejó junto a la bandeja.

Raab se metió la servilleta por el cuello de su camisa a rayas de Thomas Pink.

– Quince años.

Era imposible entrar en el abarrotado despacho de Raab y no reparar en las paredes y aparadores repletos de fotografías de Sharon, su mujer; de sus hijos: Kate, la mayor, licenciada por la Universidad de Brown; Emily, de dieciséis años, que jugaba en la liga nacional de squash; y Justin, dos años menor; y todos los fabulosos viajes que habían hecho en familia a lo largo de los años.

En la villa de la Toscana. De safari en Kenia. Esquiando en Courchevel, en los Alpes franceses. Ben vestido de piloto con Richard Petty en la escuela de conducción de Porsche.

Y eso es lo que hizo durante el almuerzo: planear su próximo gran viaje, el mejor de todos. Machu Picchu, los Andes y luego una fantástica ruta a pie por la Patagonia. Pronto cumplirían veinticinco años de casados. La Patagonia siempre había sido uno de los sueños de Sharon.

– En mi próxima vida -sonrió Betsy al tiempo que cerraba la puerta del despacho-, me aseguraré de volver como uno de tus hijos.

– En mi próxima vida -respondió Raab-, yo también.

De repente se oyó un gran estrépito fuera, en la oficina. Al principio Raab creyó que se trataba de una explosión o de ladrones. Pensó en hacer sonar la alarma. Se oían voces fuertes y desconocidas que repartían órdenes a gritos.

Betsy volvió a entrar corriendo, con el pánico reflejado en el semblante. Un paso por detrás de ella, se abrieron camino dos hombres vestidos con traje y cazadora azul marino.



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