– Así es -confirmó lady Julianne Bradley, cuyo cutis, que normalmente era de porcelana, parecía ahora una encendida puesta de sol-, pero una cosa es lo prohibido, y otra, esto.

Sostuvo en alto su ejemplar de la obra y Carolyn se fijó en que muchas de sus páginas se veían decididamente manoseadas. Julianne se inclinó hacia delante y, aunque estaban solas en la habitación, bajó la voz.

– Si mi madre descubriera, alguna vez, que he leído cosas tan chocantes, ella… -Cerró con fuerza los párpados durante unos instantes-. ¡Uf, ni siquiera puedo imaginármelo!

– Se pondría hecha un basilisco, como hace siempre -intervino lady Emily Stapleford con su franqueza habitual-. Pediría las sales y, cuando se hubiera calmado, te apuesto algo a que te confiscaría el libro para leerlo ella. -Emily sonrió con sorna a Julianne por encima del borde de su taza de té-. En cuyo caso, tú no sólo te verías confinada a tu dormitorio por el resto de tus días, sino que nunca recuperarías tu libro, así que asegúrate de que no lo descubre.

Julianne se sonrojó todavía más y añadió, con nerviosismo, otro terrón de azúcar a su té.

– Como no tengo absolutamente nada con lo que comparar lo que he leído en las Memorias, no puedo evitar preguntarme si la mitad de las cosas que describe la autora son…

– ¿Anatómicamente posibles? -terminó Emily-. Sí, yo me he preguntado lo mismo. -Su mirada se posó, de una forma alternativa, en Carolyn y en Sarah-. ¿Y bien?

Sarah se subió las gafas por el puente de la nariz y se abanicó con la servilleta.

– Yo no puedo considerarme una experta, pues sólo llevo casada dos meses, pero por lo que yo sé…

Su voz se fue apagando y Emily se inclinó tanto hacia delante que estuvo a punto de caerse de la silla.

– ¿Sí?

– Todo lo que describe es… posible.

Emily se reclinó en el asiento y exhaló un largo suspiro.

– Nunca lo habría dicho. -Su sorprendida mirada se posó en Carolyn-. ¿Tú estás de acuerdo?



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