Carolyn apretó las manos contra el libro, que reposaba sobre su regazo. Diversos fragmentos del ardiente relato de las proezas sexuales de la Dama Anónima cruzaron por su mente mientras sentía como si las páginas del libro encendieran su vestido en llamas.

– Sin lugar a dudas es posible -corroboró Carolyn, aunque no estaba segura del todo.

Claro que, ¿acaso no era posible prácticamente todo?

– Pero ¿esas cosas son… placenteras? -preguntó Julianne, con sus ojos azules abiertos como platos-. Porque debo decir que algunas de ellas parecen bastante… incómodas.

Una imagen acudió a la mente de Carolyn: la del atractivo rostro de Edward sobre el de ella mientras el miembro de su marido se hundía en lo más profundo de su cuerpo. Y recordó la felicidad indescriptible que le producía aquel acto íntimo.

– Definitivamente placenteras -respondieron Carolyn y Sarah al unísono.

– ¿Y qué me decís de la que aparece en la página cuarenta y dos? -preguntó Emily casi sin aliento, mientras pasaba las páginas del libro.

Carolyn no necesitaba leer la página cuarenta y dos para saber a qué se refería Emily, pues había leído aquel pasaje sumamente sensual tantas veces que podría recitarlo de memoria. Aun así, imitó a sus amigas y abrió su ejemplar de las Memorias. Su mirada se posó sobre la vivida descripción de la Dama Anónima de una cita rápida en la que su amante la poseyó contra la pared de la biblioteca entre plato y plato de una cena.

– Es posible -murmuró Carolyn, imaginándose las piernas de la dama alrededor de las caderas de su amante mientras él la penetraba con fuerza y profundamente.

Aunque Edward nunca le había hecho el amor de una forma tan ruda y… poco caballerosa, ella suponía que era posible. Siempre que el caballero fuera fuerte y vigoroso, y la dama, ágil y resistente, y ambos estuvieran decididos a lograrlo.

– Y… sin duda alguna placentera -añadió Sarah.



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