
– Ninguna madre le contaría nunca esas cosas a su hija -declaró Carolyn, mientras ahogaba una risa horrorizada.
La víspera de su boda, su madre sólo le dio el inquietante y enigmático consejo de que cerrara los ojos, se preparara para lo que se aproximaba y recordara que la terrible experiencia habría terminado en cuestión de pocos minutos.
Evidentemente, su madre no sabía de qué hablaba, porque la noche de su boda constituyó una experiencia tierna y hermosa que marcó el inicio del vínculo íntimo y profundamente satisfactorio que la unió a Edward.
– Mi madre nunca habló de estas cosas conmigo -intervino Emily-. La verdad es que si no hubiera dado a luz a seis hijos, yo estaría dispuesta a afirmar que no sabe cómo se conciben los niños. Creo que es una gran suerte que la Dama Anónima escribiera las Memorias sacándonos a todas de la ignorancia. Algún día no muy lejano, un hombre rico, guapo y afortunado tendrá el sentido común de enamorarse de mí y se sentirá muy feliz de que yo haya leído el libro.
Carolyn contempló el retrato de Edward, que colgaba sobre la chimenea, y una oleada de tristeza la invadió. El amor y la intimidad se habían acabado para ella. Edward era un hombre amoroso, amable, honesto y maravilloso. Aún en aquel momento, ella consideraba un milagro que el vizconde Wingate, hombre extremadamente atractivo y soltero cotizado, la hubiera elegido a ella. Sin duda, si su padre no hubiera sido un médico y el vizconde no se hubiera hecho daño en una mano en la misma librería de Londres en la que ella y su padre estaban dando un vistazo, lo más probable era que no se hubieran conocido nunca. Pero, desde aquel primer instante, ella sintió como si acabara de encontrar una pieza de sí misma que ni siquiera sabía que le faltaba.
Carolyn parpadeó apartando a un lado aquellos recuerdos, se esforzó en sonreír y declaró:
