
No es que nos golpease: no le hacía falta. Era suficiente su presencia, de la que emanaba una tensión repulsiva y helada. Era suficiente su voz, chillona e hiriente, y también que te mirara con aquellos ojos pequeños y oscuros, dos diminutos ojillos de reptil que parecían azotarte, causándote un dolor mucho peor que el de un latigazo. Cuando él llegaba a casa, todos los días a las siete y veinticinco en punto, nuestro mundo humano, poblado de cosas vulgares, se detenía, como si un hechizo nos convirtiera en piedra. Era la hora del miedo. En cuanto oía el ruido de su coche aparcando ante la verja del jardín, mi madre quitaba inmediatamente la radio que la había acompañado durante la tarde. Su cuerpo se encogía, se volvía diminuto y quebradizo. Los juegos de mis hermanos quedaban en suspenso. Los deberes del colegio nos resultaban de pronto incomprensibles, las letras y los números se ponían a volar ante nuestros ojos sin que pudiéramos alcanzarlos. La propia casa entraba en un proceso de silencio compulsivo. Las cosas callaban, se quedaban paradas, como si no existiera nada más que la presencia omnipotente de aquel hombre, cayendo con todo su peso sobre nosotros y lo nuestro.
No saludaba a nadie. Subía a su cuarto, se desvestía, tiraba la ropa por los rincones -de donde la recogería mi madre inmediatamente después-, se ponía el pijama y el batín y bajaba a la sala, a ver la televisión. Mamá se encerraba en la cocina, disimulando el malestar con su actividad entre los pucheros y las sartenes. Nosotros nos quedábamos aterrados en las habitaciones, fingiendo que aún éramos capaces de entender los logaritmos o de aprendernos la historia de la Armada Invencible, y esperando sus gritos. Porque cada tarde, después de su llegada, mi padre gritaba el nombre de alguno de nosotros. Entonces teníamos que comparecer enseguida ante él, sintiéndonos como ratas a punto de ser golpeadas por la azada. Sin molestarse ni siquiera en bajar el volumen del televisor, nos preguntaba por las notas del colegio, que nunca eran para él lo suficientemente brillantes, o por la herida que teníamos en la rodilla después de la última caída en el patio, o por un nuevo desconchón en alguna pared.