
Muchas tardes de mi infancia las pasé en medio de aquella oscuridad, muerta de miedo, oyendo crujir las maderas de los armarios, restallar las cajas que guardaban los adornos navideños y los restos de vajillas desparejadas, crepitar la escayola del techo. Estaba segura de que algún día un hombre monstruoso -quizás un pájaro enorme y negro- saldría de alguno de aquellos armarios, donde vivía escondido desde hacía años y años, y se abalanzaría sobre mí para llevarme hacia una oscuridad aún mayor. Quería llorar y gritar, pero no podía, porque mi padre me hubiese oído y entonces el encierro habría durado más. Me agarraba a lo único que era capaz de hacer: me acurrucaba en un rincón, miraba fijamente la luz de la cocina, que llegaba a lo largo del pasillo y se filtraba a través de la diminuta rendija bajo la puerta, y musitaba en voz muy baja, casi sin respiración, todas las canciones que conocía. Las que cantaba con mis amigas jugando al corro o a la comba y las que oía vociferar a la abuela en la casa de la aldea, mientras fregaba los cacharros o hacía las camas, con aquella voz destemplada y temblorosa de la que ella sin embargo tanto presumía, lanzándola a los aires al menor pretexto.
A fuerza de cantar, los latidos del corazón parecían calmarse, aunque, de vez en cuando, un nuevo crujido de maderas me provocaba un sobresalto. Y el tiempo pasaba, lento, lento, deslizándose en las sombras, hasta que se abría la puerta muy despacio, y la silueta de mi madre, pequeñita y redonda, aparecía en el umbral. Y entonces, sin decir nada, me conducía de nuevo hacia la vida normal, las luces encendidas, las voces lejanas y suaves de mis hermanos en sus habitaciones, el sonido de la televisión ante la que mi padre dormitaba en la sala, el buen olor de la carne que se guisaba despacio en el fuego.
