
Nunca he sabido si es más duro no poseer jamás la gloria o haberla conocido por un momento y perderla después. Cuando Pablo me abandonó y el mundo se derrumbó a mis pies, maldije la fiesta en la que Elena nos presentó, la noche deslumbrante en que nos besamos por primera vez, el día en que decidimos casarnos. Hubiera dado lo que fuese por no haber vivido todo aquello para no tener que echarlo de menos. Mi pasado habría sido silencioso y limpio, aséptico como una tranquila sala de hospital. Sin ilusión ni emociones. Entonces no habría desgarro, y aquel gran pájaro negro que me perseguía no se hubiera abalanzado contra mí, haciéndome sentir que corría aterrada a través de los páramos. Habría llevado una vida solitaria y aburrida, pero no hubiera conocido ese dolor. Durante mucho tiempo me aferré a la idea de que los años que había pasado junto a él habían sido años perdidos. Que toda mi vida a su lado, todo mi amor por él eran un enorme fracaso, un edificio fallido del que sólo quedaban algunas ruinas apestosas, llenas de orines y excrementos y hierbajos. Algo que nunca hubiera debido nacer.
Pero ahora, cuando ya me he acostumbrado a saberlo lejano y ajeno, cuando el dolor ya no revolotea a mi alrededor envolviéndolo todo, sino que se ha posado, dejando una gruesa capa de cenizas bajo las cuales, aunque aún me cueste, puedo respirar, me alegro de haber vivido lo que viví. Incluso a veces, por un instante, me siento orgullosa de mis sentimientos. Como si un inmenso marco dorado resaltase la grandeza de mi amor por él. Ahora, muchas noches, al meterme en la cama y percibir todavía su ausencia, esa desoladora frialdad que marcará para siempre su abandono en ese lado del colchón, el suyo, que nunca ocupo, ahora pienso que tuve suerte de haberle conocido y haberle querido y haber sido querida por él. Y entonces, en medio de la terrible añoranza, deseo que su recuerdo vuelva a mí en el momento final, y que su rostro, riéndose, mirándome, acercándose ansioso para besarme, su rostro joven y amado sea lo último que vea en mi vida.
