
¿Fue por el dinero? Nunca me ha parecido que le importe mucho. No la han atraído los lujos ni las comodidades. Ha vivido siempre en una casa grande y buena, sí, la que mi padre había comprado en lo que entonces aún eran las afueras de la ciudad al volver de México, pero renunció a cualquier ayuda para cuidar de ella y de nosotros. Nunca tuvo criadas, ni asistentas, ni joyas, ni abrigos de pieles. Incluso después de heredar ha seguido viviendo como siempre, sola ya en la casa, sin permitirse ningún gasto más allá de los imprescindibles. Pero es posible que no le interese el dinero porque un día lo deseó y eso la hizo desgraciada. Quizá sea verdad que fue eso lo que quiso. Puede que mi padre le hablara al oído de una vida bonita y agradable. Tal vez le dijera que no tendría que ordeñar nunca más las vacas, ni dar de comer a las gallinas, ni escardar la huerta, ni recoger las manzanas, ni preparar las morcillas después de la matanza. Quizás ella tenía alguna ambición oculta, y quería ponerse vestidos elegantes y zapatos de tacón, pintarse los labios e ir todas las semanas a la peluquería. Acaso deseara viajar, recorrer el mundo, ver todo lo que había más allá de las montañas verdes que circundan su aldea, los mares inmensos, las ciudades deslumbrantes, las estepas con sus planicies infinitas y sus resecas tierras anaranjadas… ¿Quién sabe qué tonterías se le pueden pasar por la cabeza a una cría de dieciséis años?
Supongo que nunca me lo dirá. Jamás he hablado con ella de mi padre. Él se murió y ella se vistió de negro -sin llorar, como yo había predicho- y asistió a las misas imprescindibles. Limpió los armarios, resolvió el papeleo, puso en venta la ferretería, pero nunca volvió a mencionarlo. Es como si no hubiera existido, o como si todo aquello fuera un secreto que no deseara compartir con nadie: qué ilusiones sintió, qué creyó que podía darle aquel hombre, cuándo se fueron apagando las luces de colores que aquel verano debieron de encenderse de alguna manera en su cabeza. Y cómo aprendió a resignarse al fracaso, el que fuese, y a vivir dentro de aquella burbuja de pena, ella que había sido una niña alegre y cantarina.
