– No tiene por qué haber nada poscoital, o pospandrial como dices, que no sé qué significa, entre nosotros. Con dejar de hacerlo estamos al cabo de la calle.

– ¿Con eso quieres decir que mejor dejarlo?

– No. Con esto quiero decir que mejor dejar lo que te irrita y quedarnos con lo que te gusta, con nuestra relación, con nuestra amistad. ¿O es que no somos amigos?

Salazar no quiso decirle en ese momento que lo de la amistad era casi lo que menos le gustaba de todo. En cierta manera le había conmovido la buena fe del chico, pero aborrecía sentirse conmovido casi tanto como sentirse ridículo. Por lo tanto, Salazar, durante un rato, se quedó en silencio. Hasta que por fin declaró, súbitamente, con el tono determinado de quien pretende zanjar una cuestión de una vez por todas, dejar de una vez por todas claro, que ser incapaz de mantener satisfactorias relaciones sexuales no le hacía automáticamente ni capaz ni deseoso de mantener relaciones simplemente amistosas. ¿Qué es lo que sentía Salazar en ese momento? A Ramón Durán le resultaba imposible saberlo, y no supo contestar a la frase que Salazar escupió de golpe:

– A mi edad ya no se pueden proyectar parejas, relaciones o amistades. ¿Qué más quisiera yo? Sería un desahogo sentimental pavisoso, pero simpático, y yo ya no deseo ser simpático, ni deseo ser tratado con cariño, ni por ti ni por nadie. He regresado a la bendita inmadurez, ahora soy de verdad el hijo pródigo de Rilke, ya sé que no sabes de qué hablo, pero quédate con el cante. Yo soy el hombre que no quiere ser amado. No quise serlo nunca, y ahora menos todavía. Y esto es lo que nos separa, además de tu fogosidad sexual, tan vulgar en el fondo: que yo ya estoy aquí, yo ya he llegado, y tú sólo empiezas a venir y ni siquiera muy seguro.

Toda esta conversación transcurría una vez más en el Charing Cross. Se estaba bien al fondo, sobre todo si, como hoy, había poca gente, mejor nadie.



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