
Y la silueta de los abetos negros de ese lado del Parque del Oeste delineaban una estampa japonesa de Hiroshige, casi sin color, sepia y tinta china. Eran las tres de la tarde y se iban a almorzar los parroquianos. Daba la impresión de haber en las losetas del suelo una momentánea paz prufrockiana de
sawdust restaurants with oyster shells: se sonrió para sí mismo Salazar al pensar en esta línea. Estaban sentados los dos, Salazar y Durán, a una de las mesitas bajas del fondo. Por un instante resplandecieron, luciferinos, pura concupiscencia de los ojos el más joven, y el mayor, soberbia de la vida. Eran los dos maravillosos: hubiera sido muy fácil amarlos en aquel instante a los dos, cada cual a su modo. No podía no pensar en sí mismo Javier Salazar en aquel instante. ¿En quién o en qué pensaba Ramón Durán en aquel instante? ¡Qué poca cosa es este amor!, se dijo Salazar mentalmente. Este amor de ligue, estos amores de un día para otro, ni siquiera del todo satisfactorios o agradables, más menos que nada. Sintió Salazar que se le humedecían los labios, la garganta, y vio a Ramón Durán que le sonreía, ignorándolo todo.
3
El pasado de Javier Salazar era, en apariencia, simplicísimo: era esquemático y balizado por sus cuatro o cinco empleos mayores. Especialmente los dos últimos consecutivos, que le habían dejado un retiro más que abundante. Era esto parte del lado público de Salazar, tan público, visible y aceptado como sus elegantes chaquetas de tweed, sus gorras de visera o sus abrigos cruzados de cashmere comprados en Londres. Era alto, por encima del metro ochenta, la medida heroica. Apenas había perdido pelo, que tenía ahora un color amarillo plateado, algo menos abundante en las sienes, pero aun así muy lejos incluso de la calvicie parcial. Era aficionado a los largos paseos, marchas por la sierra. Había corrido sus buenos cinco kilómetros tres días por semana hasta poco antes de su prejubilación a los cincuenta y ocho.