
Ramón Durán era miedoso. Abrazado a él por las noches, desnudos los dos, envueltos en las berenjenas sábanas satinadas de Calvin Klein, Salazar experimentaba un placer intensísimo con sólo acariciarle los músculos, tersos y firmes: no tenía grasa Ramón Durán, ni un átomo de grasa. Era maravilloso acariciarle las nalgas. Sentir la fuerza de las nalgas apretando su pene, fláccido casi siempre. Resultaba increíble que Durán insistiese en dejar siempre una lucecita encendida en la habitación donde dormían. «Eso son cosas de niño», comentó en una ocasión Salazar. Hicieron un viaje aquel invierno, con nieve en El Escudo, a Santander. Se hospedaron en un hotel de El Sardinero y recorrieron Santander al día siguiente: un Santander nevado color verde botella, color sucio. Durán conducía el Ford Mondeo que habían alquilado en Madrid en Europcar. La intención de Salazar era disfrutar de escenas invernales. Atado a su sillón de copiloto, cubiertas las rodillas con una manta escocesa, se sentía pasivo, poseído, arrastrado, excitado, pero ahora sentía las excitaciones sexuales desplazándose por todo el cuerpo, desgenitalizadas o sólo genitalizadas en momentos breves, erotizándole los dedos de las manos, el roce de las piernas de su compañero, la fuerte espalda de Durán.
