Admirado e incluso envidiado por sus conocidos -los escasos amigos-, que no gozaban de su fácil adaptación a la existencia. Una existencia simplicísima. Y esta simplicidad no procedía tanto de la existencia de Javier Salazar como de su modo de presentación emocional, la clase de narración en la cual el propio Salazar y también sus amigos solían presentarla: solía narrarse a sí mismo a grandes rasgos, con considerable eficacia y rotundidad y de tal suerte que varios grandes fragmentos de su existencia quedaban naturalmente elididos o inapelablemente abreviados y resumidos. Así por ejemplo, doce años en Inglaterra cabían en my London days, o my London friends, de los cuales sólo uno o dos nombres se mencionaban siempre: Marc and Julian Attle, o The two Casimir sisters, en cuya casa pasó unos cinco años como paying guest. La otra característica simplificante de la biografía de Salazar era que ninguno de sus amigos había recorrido con él -que se supiese- toda la carrera completa: no tenía, al parecer, Javier Salazar amigos coetáneos. Ni coetáneos que pudieran recordarle con precisión en momentos de intimidad, porque realmente no había intimado hasta muy recientemente con nadie. ¿Cómo era Salazar a los veinte? Se sabía que había estudiado Derecho, pero era dudoso si en Salamanca o en Barcelona o en Madrid o en Deusto. Parecía proceder de la burguesía acomodada del centro de España. Pero nadie parecía estar en condiciones de proporcionar detalles precisos. Se trataba de un caso de biografía omitida: coincidía esto con una paradójica cualidad de Salazar: sus interlocutores tenían con frecuencia la impresión de que comunicaba mucho, de sentirse entendidos, sin que, una vez fuera de la influencia de Salazar, estuviera nadie en condiciones de recordar qué en concreto les había comunicado o en qué aspecto de sí mismos habían tenido la impresión de que Salazar les comprendía.


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