Salazar arrastraba en invierno el sillón de siempre hasta la puerta-ventana de su sala abierta de par en par, para aspirar el olor del otoño primero, a mediados de noviembre, y luego el olor escarchado y neblinoso del invierno, el olor a hoguera del invierno, durante todo diciembre y enero y febrero, hasta finales de marzo. Todo hacía de Javier Salazar un príncipe de este mundo. Su principado no era fastuoso, pero tenía la firmeza y la flexibilidad de un bienestar económico de toda la vida que, unido a sus trabajos como investigador, y durante algunos años editor de una colección de textos de filosofía e historia, le mantenían muy por encima de la media, en ese agradable estrato de los ilustrados que han vivido siempre como quisieron vivir y que se sienten, al rondar la jubilación, profesionalmente satisfechos. De hecho, la jubilación era una mera referencia nominal para Salazar, que seguía trabajando a su aire en diversos temas de su interés. (¿Qué hacía Salazar durante todo el día, una vez jubilado? Ninguno de sus amigos es íntimo. Así que nadie, realmente, salvo por una curiosidad momentánea, se haría esta pregunta. Pero es una pregunta adecuada, es una pregunta, a estas alturas, que queda pendiente y en su barrio ningún quiosquero o propietario de ultramarinos, o ferretero o pescadero que tenga a Salazar entre sus más distinguidos clientes se ha atrevido a hacerle: ¿Qué hace usted durante todo el santo día aparte de leer los periódicos nacionales y extranjeros que suele llevar bajo el brazo mientras hace sus compras a media mañana?) Le gustaba sentarse al calor de la camilla y contemplar su terraza encharcada y su nuevo árbol-jazmín goteando agua, la lluvia cayendo estrespitosamente en el suelo rosado de la terraza, el tamborileo papirofléxico de la lluvia cuando deja de llover y se hace una pausa airosa y luego vuelve a llover.

En Madrid, los otoños, la hora de merendar es las seis, o de tomar, por supuesto, el té, o un chocolatito a la francesa, o un perfecto gin fizz más bien dulce: a esa hora los chicos parecen más altos, menos cenizos y muchísimo más guapos, piensa Salazar.



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