
– Nos vamos a mojar.
Y Ramón Durán dijo:
– Esto lo arreglo yo con un buen cóctel.
– ¿Y qué cóctel tomarías tú ahora?
– Un mismo Bloody Mary muy sencillo.
– ¿Conque un Bloody Mary, eh?
– ¿Y por qué no? Petiot y yo empezamos a servirlos en el bar del Sheraton de Nueva York, como usted sabrá.
– Un poquito joven me pareces para los Bloody Marys del Sheraton.
– Puede que parezca y puede que no parezca yo tan joven. Puedo parecer lo que yo quiera -declaró con seguridad Ramón Durán.
Habían ido avanzando hasta el Paseo de Camoens. Y Salazar, tras pensarlo unos segundos, comentó, con un tono de voz muy reducido, casi neutral, que reflejaba un punto de indecisión por su parte y un esfuerzo por vencer su indecisión y retener al muchacho:
– Podríamos tomarnos un cóctel, si tú quieres, ahora.
– Estoy canino.
– ¿Qué significa eso?, ¿que tienes hambre? ¿Hambre canina?
– Es carcelario. Significa estar sin chapa.
– Seguro que esto lo aprendiste en Alcatraz.
– Sí. He estado en varias cárceles.
– Pues pareces un estudiante de informática ahora.
– Yo no soy un estudiante, ni lo soy ni quiero serlo. Soy barman, aquí donde me ve.
