Y la niebla es dulce a esas horas y no es grávida, sino ligera: una asonancia neblinosa entre los olmos dorados y las caídas hojas de los paseos en el Parque del Oeste, en Rosales y a lo largo de todo el Viaducto y los Jardines del Moro y el Palacio Real que nadie ocupa, por fortuna, excepto a veces el Dios de los hallazgos y de los encuentros: fue con un tiempo así, por estas fechas, cuando se encontraron Salazar y Ramón Durán, en una vaguada del Parque del Oeste: estaban ellos dos, ellos solos, a ratos lloviznaba, a ratos escampaba, y Salazar dijo:

– Nos vamos a mojar.

Y Ramón Durán dijo:

– Esto lo arreglo yo con un buen cóctel.

– ¿Y qué cóctel tomarías tú ahora?

– Un mismo Bloody Mary muy sencillo.

– ¿Conque un Bloody Mary, eh?

– ¿Y por qué no? Petiot y yo empezamos a servirlos en el bar del Sheraton de Nueva York, como usted sabrá.

– Un poquito joven me pareces para los Bloody Marys del Sheraton.  

– Puede que parezca y puede que no parezca yo tan joven. Puedo parecer lo que yo quiera -declaró con seguridad Ramón Durán.

Habían ido avanzando hasta el Paseo de Camoens. Y Salazar, tras pensarlo unos segundos, comentó, con un tono de voz muy reducido, casi neutral, que reflejaba un punto de indecisión por su parte y un esfuerzo por vencer su indecisión y retener al muchacho:

– Podríamos tomarnos un cóctel, si tú quieres, ahora.

– Estoy canino.

– ¿Qué significa eso?, ¿que tienes hambre? ¿Hambre canina?

– Es carcelario. Significa estar sin chapa.

– Seguro que esto lo aprendiste en Alcatraz.

– Sí. He estado en varias cárceles.

– Pues pareces un estudiante de informática ahora.

– Yo no soy un estudiante, ni lo soy ni quiero serlo. Soy barman, aquí donde me ve.



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