
Esta idea había llegado a ser muy poderosa en la conciencia de Durán, una ocurrencia implosiva. «Tiene que ser alguien que ofrezca garantías»: ésta era la frase que Durán empleaba para contarse a sí mismo su proyecto, aunque no se tratara en realidad de un proyecto, sino de algo parecido a una vocación: como esos niños que desde muy chicos ya declaran solemnemente que de mayores serán médicos o aviadores o electricistas, a imitación de su padre o de algún personaje mayor admirado. Esa frase le parecía a Durán perfectamente comprensible en sí misma y no necesitada de ninguna aclaración ulterior. De haberle exigido alguien enumerar alguna de esas garantías, Ramón Durán se hubiera quizá encontrado en dificultades. Pero su madre era muy bella. El propio Ramón Durán introducía esta salvedad que no se oponía gramaticalmente a nada que él mismo u otra persona hubiese podido decir o pensar: era una adversativa absoluta, poética, que introducía la belleza bruscamente como el sol platónico, voraz e indiscutible: el bien puro. Ninguna mujer le había parecido nunca a Ramón Durán tan bella, tan llena de sentido común, tan verdadera, tan resplandeciente y tranquilizadora como su madre. Recordaba siempre su olor, que no era propiamente el olor del perfume que usaba sino el de su perfume combinado con su olor corporal, por explicarlo de una manera simplista.
En realidad Salazar no deseaba ningún compromiso amoroso. Ni siquiera con carácter temporal. El encuentro con Ramón Durán aquella tarde en el Parque del Oeste y la consiguiente escena de erotismo incompleto que siguió esa noche, le hizo sentirse detestable y ridículo, y también le hizo detestar las logísticas o las estrategias del erotismo. Naturalmente, no hay encuentro con otras personas que pueda sostenerse en términos de pura casualidad salvo por un momento. Tan pronto como la relación dura más de una noche, se inicia una planificación que, por somera que sea, oprime un poco, obliga un poco.