
Esta soledad contenía a ratos una compañía casi siempre masculina, organizada de tal suerte que no pudiese producir, ni a la larga ni a la corta, responsabilidad o apego: «Que estés en condiciones -solía decirse Salazar a sí mismo cuando reflexionaba sobre este tramo final de su existencia- de aceptar que cualquiera deje de verte o dejes tú de verle de un día para otro, sin el menor pesar o nostalgia o recuerdo.» Y satisfecho de esta radicalidad, que tenía un punto de pose, añadía Salazar: «No se trata de olvidar a nadie: nada tan malsonante como el olvido. Pero tampoco se trata de algo tan preciso como los recuerdos o las remembranzas, por modificadas o amansadas que estén. ¿De qué se trata entonces? Pues se trata de una simple presencia muy múltiple, de un muy intermitente y flotante sistema de presencias que se unifican en mi vida: ellas existen porque yo existo, pero que son indoloras, sin aristas o, como mucho, destellos placenteros.» Nada de esto tenía, como visión del mundo, excesiva grandeza o novedad, pero Salazar encontraba reconfortantes estos pensamientos, que formaban parte de esa apología
pro vita sua que todos los hombres de su edad tienden a construir a partir del momento de las jubilaciones.
Ramón Durán no tenía, en cambio, ni tanto ni tan elaborada narración que decirse acerca de sí mismo. A diferencia de Salazar, la vida de Ramón Durán cuando se conocieron estaba en expansión y en el camino de ida. Por lo tanto no estaba sometida a tanta reflexividad. A diferencia de Salazar, que nunca había cuidado a nadie, Ramón Durán había cuidado desde muy crío a su madre y aún hablaba por teléfono con ella cada noche. Ramón Durán había cuidado de su madre con una vaga idea de finalidad, la idea de que había que encontrar, y encontrarían, alguien adecuado a quien aquel gran cuidado pudiera traspasarse: tenía que ser alguien que ofreciese garantías.