– Pensé que los dos disfrutaríamos de ello -dijo arrastrando las palabras e inclinándose para recoger su bolsa-. ¿Eso es todo?

– No -contestó ella mirándolo furiosa.

– Me lo imaginaba.

Se giró y fue hacia la recogida de equipaje, y Cathryn lo siguió echando humo, pero decidida a no dejar que se diera cuenta. Ahora tenía veinticinco años, no era una asustada niña de diecisiete; no dejaría que la intimidara. Ella era su patrón. Él sólo era el capataz del rancho, no el diablo omnipotente que su imaginación adolescente había dibujado. Puede que todavía tuviera a Monica y a Ricky bajo su hechizo, pero Monica ya no era su guardiana y no podía hacer que la obedeciera. Cathryn se preguntó con furia muy bien disimulada si Monica había enviado a Rule a buscarla deliberadamente, sabiendo lo mucho que ella lo odiaba.

Inconscientemente, observando su delgado cuerpo cuando se estiró y recogió la única maleta que llevaba su nombre, Cathryn olvidó el resto de violentos pensamientos que inundaban su mente. La imagen de Rule siempre había tenido en ella el mismo efecto, la hacía perder el control y hacer cosas que nunca habría hecho excepto en el calor de la pasión. Le odio, pensó, susurrando las palabras en su interior, pero aún así sus ojos se movieron por la anchura de sus hombros bajando por sus largas y poderosa piernas, tal como las recordaba.

Llevó la maleta hasta donde ella estaba esperando y una ceja negra se arqueó de manera inquisidora. Como la actitud de ella le había hecho creer que llevaba algo más que una maleta, él dijo gruñendo:

– No piensas hacer una visita larga, ¿eh?

– No -contestó, manteniendo la voz inexpresiva. Nunca se había quedado mucho tiempo en el rancho, no después del verano en que tenía diecisiete años.

– Pues ya es hora de que decidas regresar a casa, para siempre.



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