– ¿Aquello son casas?

Él gruñó una respuesta afirmativa.

– Algunos de los trabajadores están casados. Tenía que hacer algo o algunos de los mejores hombres estarían muy lejos por la noche en caso de necesitarlos -la observó con su oscura mirada, pero Cathryn no tenía nada en contra de las casas; le pareció lo más lógico. Aunque si hubiera tenido alguna objeción no la habría expuesto, no quería empezar una discusión con él. Y no es que Rule discutiera. Él simplemente declaraba su posición y la mantenía. Sin mirarlo era consciente de su cuerpo, de sus largas piernas, de los acerados músculos que controlaban caballos de media tonelada con facilidad, de su oscura mirada de fuego que hacía que la gente se mantuviera a distancia.

– ¿Quieres seguir y ver el ganado? -preguntó él, y sin esperar su respuesta se alejó, dejando a Cathryn que lo siguiera o no. Lo siguió, manteniendo la cabeza del caballo gris justo en el hombro del caballo castaño. Fue un rápido paseo hacia los pastos del oeste donde pastaban los Herefords y se dio cuenta con pesar que lo lamentaría a la mañana siguiente. Sus músculos no estaban acostumbrados a tanta actividad.

La manada era asombrosamente pequeña y así se lo dijo a Rule, y él contestó arrastrando las palabras:

– Ya no estamos en el negocio vacuno. Lo que criamos es la mayor parte para nuestro uso. Ahora somos criadores de caballos.

Cathryn se quedó estupefacta, clavó los ojos en él por un momento y luego gritó:

– ¿Qué? ¡Esto es un rancho de ganado! ¿Quién te ha dado permiso para deshacerte del ganado?

– No necesito que nadie "me de permiso" -contestó con dureza-. Perdíamos dinero con el ganado, así que cambié el funcionamiento. Si hubieras estado aquí lo habría discutido contigo, pero no te importó lo suficiente como para hacer una visita.

– ¡Eso no es cierto! ¡Tú sabes por qué no he venido más a menudo! Sabes que es debido a… -se calló bruscamente con ganas de atacarlo pero sin querer admitir su debilidad por él.



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