– Es el nuevo granero para los potros. ¿Quieres verlo?

Ella asintió y movieron la cabeza de los caballos hacia esa dirección.

– Ahora sólo hay una yegua -dijo-. Sólo la cuidamos. Las últimas semanas has sido de mucho trabajo, pero ahora tenemos un descanso.

Las cuadras en el granero eran aireadas, espaciosas y estaban escrupulosamente limpias. Como había dicho Rule, ahora solo había un inquilino. Allí en medio de una gran cuadra estaba una yegua, su postura era de tal absoluto cansancio que Cathryn rió compadecida. Cuando Rule tendió la mano e hizo un sonido con la lengua, la yegua fue hacia él con pesados pasos y sacó la cabeza dispuesta a permitir que la mimaran. Él la complació, hablándola con ese canturreo especial de su voz que calmaba al más nervioso de los animales. Cuando Cathryn era más joven había intentado imitar el tono pero sin resultado.

– Ahora somos una de las mejores granjas de cría de caballos del estado -dijo Rule sin ningún signo de orgullo, simplemente declarando un hecho-. Tenemos compradores de todos los estados, incluso de Hawai.

Cuando continuaron su paseo Rule no habló mucho, dejó que Cathryn viera por sí misma los cambios que se habían hecho. Ella también permaneció en silencio, pero sabiendo que todo lo que veía estaba bien llevado. Las cercas y los prados estaban en una forma excelente; los animales estaban sanos y animosos sin ningún signo de maltratos; los edificios eran firmes y limpios, y se los veía recién pintados. Las barracas de los jornaleros habían sido ampliadas y modernizadas. Sorprendida también advirtió varias casitas en la parte posterior de la casa del rancho, estaban algo alejadas, pero a una distancia cómoda.



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