
Acabados los controles de mantenimiento, se procedería a abastecer de combustible al avión de cincuenta y cinco metros de longitud. Western Airlines subcontrataba las operaciones de carga de combustible. El camión cisterna estaba aparcado debajo del ala de estribor. En el L800 la configuración estándar tenía los depósitos de combustible en cada ala y en el fuselaje. El panel de combustible debajo del ala, ubicado aproximadamente a un tercio del fuselaje, estaba abierto y la larga manguera serpenteaba por el interior del ala hasta la válvula de toma. Esta única válvula servía para trasvasar el combustible hasta los tres tanques a través de una serie de colectores. El encargado de la operación, con guantes y un mono mugriento, controlaba la manguera mientras el combustible de alto octanaje entraba en los depósitos. El hombre contempló sin prisas la creciente actividad alrededor del aparato: estibaban las sacas de correos y la carga, los carros con las maletas cruzaban lentamente la pista procedentes de la terminal. Satisfecho de que nadie le observaba, el hombre utilizó una mano para rociar la parte expuesta del depósito de combustible, alrededor de la válvula de toma, con una sustancia contenida en un rociador de plástico. El metal del depósito brillaba en la parte rociada. Un examen más a fondo hubiera revelado un leve empañamiento de la superficie metálica, pero dicho examen no se realizaría. Incluso el capitán, en la revisión previa al vuelo, nunca descubriría esta pequeña sorpresa agazapada en el interior de la enorme máquina.
El hombre guardó el pequeño rociador de plástico en uno de los bolsillos del mono. Del otro bolsillo sacó un objeto rectangular y plano, y metió la mano en el interior del ala. Cuando la retiró estaba vacía. Acabada la operación de carga, desenganchó la manguera, la cargó, en el camión y cerró la tapa del panel de combustible. El camión se alejó para cargar combustible en otro avión. El hombre miró por encima del hombro al L800 sólo por un instante y siguió adelante. Su turno terminaba a las siete de la mañana. No pensaba quedarse ni un segundo más.