
Siempre se había cuidado. Hacía gimnasia con regularidad, no fumaba, no bebía, controlaba su dieta. Ahora, a sus juveniles sesenta y dos años, no viviría para ver los sesenta y tres. Este hecho lo habían confirmado tantos especialistas que, finalmente, incluso el enorme deseo de vivir de Lieberman había renunciado. Pero no se iría por la puerta falsa. Le quedaba una carta por jugar. Sonrió al darse cuenta repentinamente de que la inminencia de la muerte le daba una maniobrabilidad que no había tenido en vida. Sería una verdadera ironía que una carrera distinguida como la suya acabara con una nota innoble. Pero las sacudidas que acompañarían a su desaparición compensaban ese punto. ¿A él qué le importaba? Entró en el pequeño dormitorio y se tomó un momento para contemplar las fotografías encima de la mesa. Notó las lágrimas que amenazaban con desbordarse y salió del cuarto muy rápidamente.
Lieberman abandonó el apartamento a las cinco y media en punto, bajó en el pequeño ascensor hasta la planta baja y salió a la calle, donde un Crown Victoria, con matrículas oficiales de un blanco resplandeciente a la luz de la farola, estaba aparcado junto al bordillo con el motor en marcha. El chófer se apresuró a bajar del coche y abrió la puerta para que subiera. Se llevó la mano a la gorra en un respetuoso saludo a su estimado pasajero y, como de costumbre, no recibió respuesta. En unos segundos, el coche había desaparecido.
Más o menos a la misma hora que el coche de Lieberman entraba en el acceso a la autopista, el Mariner L800 salía del hangar en el aeropuerto internacional Dulles preparado para el vuelo sin escalas a Los Ángeles.
