– Sólo Dios sabe qué aspecto tendrás cuando no tengas a nadie que te cuide.

– Me las arreglaré.

– ¿Tú crees?

– Mamá, me plancho la ropa yo sola desde que tenía diez años.

– No me refería a eso -su madre hizo una pausa-. Prométeme que, si algo no va bien, si Gemma no puede o no quiere tenerte en su casa, volverás a casa inmediatamente.

– Pero…

– Jilly, aquí también hay trabajo -declaró la señora Prescott, y esperó.

Una promesa a su madre no era algo que se hiciera a la ligera. Si le prometía volver, tendría que hacerlo. Pero, al fin y al cabo, ¿qué podía salir mal?

– Te lo prometo, mamá.

Se hizo un momentáneo silencio.

– ¿Vas a ponerte en contacto con Richie Blake?

– Supongo que sí -respondió Jilly, como si ninguna de las dos supiera que él era el motivo por el que quería ir a Londres.

– Puede que haya cambiado. Puede que no quiera que le recuerden su vida aquí, su pasado.

– Mamá, somos amigos. Buenos amigos.

Aún recordaba la primera vez que lo vio; un chico nuevo en la escuela con expresión de desolación, demasiado pequeño para su edad, con cabello rubio casi blanco y unas gafas sujetas a la nariz con papel celo. Un grupo de chicos más mayores habían tratado de intimidarlo, pero ella les había puesto en su sitio y había defendido al chico nuevo como una gallina a sus polluelos.

Desde entonces, él se le había pegado como una lapa. Quizá fuera por eso por lo que había visto en él lo que la mayoría de la gente no había conseguido ver. Algo especial.

Fue ella quien logró que lo contrataran como disk jokey para el baile de Navidad. Fue ella quien envió fotos de él a los periódicos locales con el fin de conseguirle publicidad gratis. Convenció a sus hermanos para que hicieran posters de él en sus ordenadores, le grabó los shows y bombardeó con las grabaciones a las emisoras locales hasta que, hartos, le admitieron en un programa juvenil de radio.



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