– Merece la pena intentarlo. Vamos, llama a los contactos que ha puesto en el currículum como referencia. Si todo está en orden, llámala y dile que esté aquí mañana por la mañana a primera hora.


Jilly Prescott marcó el número de teléfono de su prima. A la tercera llamada, el contestador automático se puso en marcha.

– Hola, soy Gemma. En estos momentos no puedo atenderte, pero si dejas tu nombre y tu número de teléfono, te llamaré lo antes posible.

– ¡Dios mío! -Jilly se apartó un mechón de pelo oscuro de la frente.

– ¿Problemas, cariño? -le preguntó su madre con mirada ansiosa desde la puerta.

– No, pero Gemma no está, es el contestador automático.

Jilly esperó a oír el familiar pitido.

– Gemma, soy Jilly. Si estás en casa, contesta, por favor -esperó unos momentos, pero nada. ¿Por qué había tenido Gemma que elegir aquella noche para salir?-. Te llamo para decirte que he conseguido un trabajo en Londres y que voy a tomar el tren de por la mañana que va a King's Cross. Te llamaré cuando haya llegado.

Jilly colgó el teléfono y se volvió hacia su madre.

– No te preocupes, Gemma me dijo que podía ir cuando quisiera.

Su madre pareció dubitativa.

– No sé, Jilly. ¿Y si está de vacaciones?

– Eso es imposible, estamos en enero. ¿Adónde iba a ir en enero? Habrá salido a algo, estoy segura que llamará luego. Y si no llama, tengo el teléfono de la oficina donde trabaja. Vamos, mamá, no te preocupes.

La agencia Garland era la mejor de Londres y había solicitado sus servicios. La querían allí al día siguiente. Jamás se le presentaría otra oportunidad así.

– Bueno, será mejor que haga la maleta.

– En ese caso, voy a plancharte la blusa buena -dijo la señora Prescott.

Jilly sabía que su madre no quería que se fuera, y mucho menos que se quedara en casa de Gemma; mantenerse ocupada era su forma de disimular, por eso Jilly no le dijo que ella también podía plancharse la blusa.



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