
La mirada de este hombre que tanto amó las ciudades y fue a morir en la tierra de nadie de un puesto fronterizo es tan de estos tiempos que nosotros miramos como él aunque no hayamos leído sus libros. Pero no es una mirada de plana observación, sino de vaticinio. Él mismo escribió que el París de Baudelaire sólo existió en la realidad muchos años después de que Baudelaire hubiera muerto. Es posible que las ciudades de Benjamin sólo existan con plenitud ahora, y que nuestra mirada sea la heredera de la suya, y que esa sombra que nuestro cuerpo proyecta mientras caminamos sea en parte la sombra de Walter Benjamin. Alguna vez tuve esa sensación mientras estaba en Córdoba. Apenas conocía la ciudad, y no tenía ningún vínculo previo con ella. Recordaba con vaguedad un par de viajes lejanos, la penumbra de la mezquita, el resplandor de oro de los mosaicos, el recorrido apresurado y canónico por la Judería, haciendo hora para volver al autocar. La lógica extravagante del turismo ha convertido a Córdoba en un lugar de paso.
