Los guías apacientan a la multitud en el patio de la mezquita, la ordenan en fila india, la empujan al interior de las naves con una severidad nunca exenta de premura, la hacen salir media hora después, también en fila india, y sólo le permiten que se disperse en las tiendas de abalorios y de postales y en los premeditados callejones con macetas y fachadas blancas. Así la ciudad permanece en su mayor parte invisible para el forastero, que ni siquiera tendrá la tentación de recordarla después y que tal vez ha sido absuelto de la disciplina de mirar, sustituida por el gesto reflejo de un dedo índice que dispara una cámara fotográfica.

Con frecuencia, al caminar por las ciudades, he observado que el turista se parece a un adicto a la caza menor. Avanza entre los prodigios como un merodeador fatigado, vigilando algo, alza la cámara como si apuntara un fusil y tras el disparo vuelve a colgársela del hombro con el desinterés y el alivio de quien ha cobrado una pieza no demasiado relevante. Uno prefiere ir por ahí desarmado de cámaras y de guías, dejando al azar y al instinto el sentido de sus itinerarios y confiando a la memoria la perduración de las cosas que ve. A uno lo que le gusta, cuando ha llegado a una ciudad y se ha inscrito en el hotel, es salir a la calle para mirarlo todo con codicia indolente, rondar los lugares que ya sabe que lo esperan, perderse a la zaga de la más leve incitación, de una torre o de una palmera vislumbrada a lo lejos o de un olor a jazmines tan poderoso como la cercanía de una mujer deseada. Uno va a las ciudades con el equipaje más liviano posible, y gusta en ellas de la compañía de unos pocos libros y de unas cintas de música, escrupulosamente elegidas, eso sí, que encubran el peligroso silencio de la habitación.

Yo había ido a Córdoba porque tenía que escribir un libro sobre ella. Temprano, hacia las ocho, me despertaba el escándalo de las campanas que llamaban a los primeros oficios en la catedral.



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