Los ojos de él se oscurecieron hasta un color tempestuoso.

– Te pedí que permanecieras conmigo. Para ir a mí casa conmigo. Te dije, Sheena que nunca he llevado a una mujer allí.

Ella respiró hondo. La llevaba a su isla y estaría aislada de toda ayuda. ¿Sospecharía de ella? ¿Y si lo hacía, significaba eso que tenía algo que ocultar? Los motores ya habían comenzado a retumbar y podía sentir el puente vibrar bajo los pies.

– Stavros, quizá debería encontrarme contigo allí más tarde, mañana o al día siguiente.

Stavros le palmeó la mano y la dirigió a través del puente a una silla mullida.

– Necesitamos pasar tiempo juntos, Sheena. Quiero pasar una semana juntos, sólo los dos, y quizás cambiarás de opinión acerca de mí.

– No tengo suficiente ropa para una semana -dijo Elle, tratando de ser práctica.

– Enviaré por ella.

– No voy a dormir contigo, Stavros. Te dijo que no puedo tener una relación en este momento, no estoy lista.

– Me contaste que ese hombre te rompió el corazón, Sheena. ¿Quién es él?

Ella se encogió de hombros, de repente preocupada por el acero en sus ojos. Tenía la incómoda sensación de que si nombraba a alguien, este aparecería muerto. Lo cuál era tonto cuando había estado muy segura de que Stavros no era un criminal. ¿Pero, entonces, si ese fuera el caso, por qué gritaban todos sus radares internos?

– Él no tiene importancia.

– Debe tenerla, sino considerarías otra relación. -Stavros tamborileó con los dedos sobre la mesa. Ella le había visto hacerlo cuando pensaba profundamente o estaba muy agitado-. ¿Viviste con él? ¿Cuánto tiempo estuviste con él?

– Eso no es de tu incumbencia -dijo Elle firmemente.

Los ojos de él se enteecerraron.



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