
– El señor Gratsos le llevará a su cita a tiempo -aseguró Sid.
Eso era mentira. A él no le gustaba mentirle. Cualquiera que fuera la protección que él había construido o de la que le habían provisto, las emociones más intensas la atravesaban deslizándose, a menos, claro está, que él lo estuviera permitiendo, lo cual era posible. Elle podía hacer eso. Sid estaba preocupado por ella, y si estaba preocupado, ella necesitaba estarlo. Permaneció muy quieta, midiendo la distancia hasta el bote. Era rápida, pero dudaba que el bote la llevara contra las órdenes de Stavros.
Sid sacudió la cabeza.
– No lo intente, señora MacKenzie. Si el señor Gratsos la quiere aquí, usted se quedará aquí.
Era una advertencia. Una advertencia clara, ¿le había leído la mente? Ella no creía que sus sentimientos se hubieran reflejado en el rostro. Él la miró directamente, los oscuros ojos se encontraron con los suyos. El corazón saltó en advertencia, la boca se le secó.
– Déjame ir ahora.
Por un momento mostró pena en los ojos, pero ella supo que él no iba a engañar a su jefe.
– Tendrá que hablarlo con él.
Elle asintió y avanzó hacia el magnate naviero, muy consciente de Sid directamente detrás de ella.
Stavros le extendió la mano, cerrando los dedos alrededor de los de ella para atraerla a su lado.
– Pensé que tratabas de dejarme.
– Te dije que no podía quedarme -le recordó Elle-. Quiero, Stavros, pero ya he estado fuera lo suficiente.
Tuvo cuidado de mantener su tono ligero y arrepentido aún cuando deliberadamente abrió sus sentidos y trató de leerlo psíquicamente.
Stavros estaba muy acostumbrado a hacer too a su manera y tratar de forzarla a obedecer su voluntad sería algo que haría sin creer que estaba mal. Era su primera reprimenda verdadera, tan apacible como ella podía hacerla cuando lo que quería era escupir fuego sobre él. Él parecía tener una barrera natural en el lugar que evitaba que ella se deslizara en su mente del modo en que hacía con los otros.
