En todos los meses que lo había estado vigilando, no había descubierto ni la más mínima insinuación de actividad criminal. Stavros había sido amable y generoso, donando millones a organizaciones de caridad, apoyando el arte y resolviendo tratos con empleados en discusiones mano a mano que evitaron despedir a un grupo entero de trabajadores. Había empezado a respetar al hombre a pesar de sus anteriores sospechas y estaba preparada para volver donde Dane Phelps, su jefe, y escribir un informe muy claro expresando que los rumores con respecto a Stavros estaban equivocados, excepto que su aura indicaba peligro y una fuerte inclinación hacia la violencia. Por supuesto algunos de los hombres que sus hermanas habían escogido como compañeros tenían ese mismo vívido color arremolinándose alrededor de ellos.

– He dado esta fiesta en tu honor, Sheena -admitió Stavros-. Mi mariposa evasiva. -Le tiró del brazo para girarla y que la espalda estuviera contra la barandilla y ella enjaulada por su cuerpo-. Deseo que vengas a mi isla conmigo, para ver mi casa privada.

El corazón de Elle saltó. Según los rumores, Stavros nunca llevaba a ninguna mujer a su isla. Tenía casas por todo el mundo, pero la isla era su retiro particular. La mayoría de los operativos encubiertos habrían saboreado la oportunidad de entrar en el santuario privado de Stavros, pero su jefe se había mostrado inflexible respecto a que no fuera, incluso si la oportunidad se presentaba. No había manera de comunicarse desde la isla.

Stavros tomó su mano y se llevó los nudillos a la boca.

– Ven conmigo, Sheena.

Ella trató de no respingar. Sheena. Era un fraude. Este era el hombre del que debería enamorarse, no del gusano quien-nunca-podía-ser-nombrado que le había roto el corazón. Aquí estaba Stavros, guapo, inteligente, rico, un hombre que resolvía problemas y parecía que le preocupaban muchas de las mismas causas que ella. ¿Por qué no podía ser él el hombre del que cayera locamente enamorada?



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