
– No puedo -dijo suavemente-. De verdad, Stavros. Quiero, pero no puedo.
Los ojos se oscurecieron, llegando a ser tempestuosos. A Stavros le gustaba salirse con la suya y definitivamente estaba acostumbrado a conseguirlo.
– Quieres decir que no vendrás.
– Quiero decir que no puedo. Tú quieres cosas de mí que no puedo darte. Te dije desde el del principio que podríamos ser amigos, no amantes.
– No estás casada.
– Sabes que no. -Pero debería haberlo estado. Debería haber estado asentada en su casa familiar con el hombre que el destino había previsto para ella, pero él la había rechazado. El estómago se le revolvió con el pensamiento. Había puesto un océano entre ellos y él todavía trataba de alcanzarla, su voz un zumbido débil en la cabeza, tratando de persuadirla de que volviera, ¿a qué? Un hombre que no deseaba niños ni un legado de magia. Él se negaba a comprender que eso era quién ella era… lo que era. Al rechazar su legado, él la rechazó. Y Elle necesitaba un hombre que la ayudara. Que comprendiera cuán difícil era para ella encarar el futuro. Necesitaba alguien en quien apoyarse, no alguien a quien tuviera que mimar y cuidar.
– Ven a casa conmigo -repitió él.
Elle negó con la cabeza.
– No puedo, Stavros. Sabes lo que sucedería si lo hiciera y no podemos entrar en eso.
Los dientes blancos destellaron.
– Por lo menos has pensado acerca de ello.
Elle inclinó la cabeza hacia atrás y lo miró.
– Sabes cuán encantador eres. ¿Qué mujer no estaría tentada por ti? -Y lo estaba. Sería tan fácil. Él era tan dulce con ella, siempre atento, queriendo darle el mundo. Se estiró y le tocó la cara con pesar-. Eres un buen hombre, Stavros.
