
Respondí que sí, sorprendido, y le pregunté dónde había aprendido español. Sus cejas se arquearon, como si mirara a un pasado muy lejano y me dijo que había sido muchos años atrás.
– Mi primera esposa era de Buenos Aires -y me extendió la mano-. Yo soy Arthur Seldom.
Pocos nombres hubieran podido despertar en mí una admiración mayor en esa época. El hombre de ojos pequeños y transparentes que me estrechaba la mano era ya entre los matemáticos una leyenda. Yo había estudiado durante meses para un seminario el más famoso de sus teoremas: la prolongación filosófica de las tesis de Gödel de los años 30. Se lo consideraba una de las cuatro espadas de la Lógica y bastaba revisar la variedad en los títulos de sus trabajos para advertir que era uno de los raros casos de summa matemática: bajo esa frente despejada y serena se habían agitado y reordenado las ideas más profundas del siglo. En mi segunda incursión por las librerías de la ciudad yo había tratado de conseguir su último libro, una obra de divulgación sobre series lógicas, y me había enterado, con alguna sorpresa, de que estaba agotado desde hacía dos meses. Alguien me había dicho que desde la publicación de aquel libro Seldom había desaparecido del circuito de congresos y al parecer nadie se animaba a arriesgar qué estaría estudiando ahora. En todo caso, yo ni siquiera sabía que vivía en Oxford, y mucho menos hubiera esperado encontrármelo en la puerta de Mrs. Eagleton. Le dije que había expuesto sobre su teorema en un seminario y pareció agradecido por mi entusiasmo. Me daba cuenta, sin embargo, de que algo lo preocupaba y de que desviaba sin poder evitarlo su atención a la puerta.
– Mrs. Eagleton debería estar en la casa-me dijo-, ¿no es cierto?
– Yo hubiera creído que sí -dije-: allí está su silla a motor. A menos que la hayan venido a buscar en auto…
Seldom volvió a tocar el timbre, se acercó a escuchar contra la puerta, y caminó hasta la ventana que daba a la galería, esforzándose por mirar hacia adentro.
