
– Seguir la partitura… es lo que hice toda mi vida -suspiró. Habíamos llegado frente a la puerta y apoyó la mano en el picaporte. -No me hagas caso -me dijo-: hoy tuve un mal día.
– Pero el día no terminó -dije-: ¿no hay algo que pueda hacer yo para mejorarlo?
Me miró con una sonrisa entristecida y recobró el violoncelo.
– Oh, you are such a Latin man -murmuró, como si aquello fuera algo de lo que debiera protegerse, pero aun así, antes de cerrar la puerta, me dejó mirar por última vez sus ojos azules.
Pasaron dos semanas más. El verano empezó a anunciarse lentamente, con atardeceres suaves y muy largos. El primer miércoles de mayo, en el camino de regreso del Instituto, retiré de un cajero automático el dinero para pagar el alquiler de mi cuarto. Toqué el timbre en la puerta de Mrs. Eagleton y mientras esperaba a que me abrieran vi que por el camino que ondulaba hasta la casa se aproximaba un hombre alto, dando largos pasos, con una expresión sería y reconcentrada. Lo miré de soslayo cuando se detuvo a mi lado; tenía una frente ancha y despejada y ojos pequeños y hundidos, con una cicatriz notoria en el mentón. Tendría quizás unos cincuenta y cinco años, aunque cierta energía contenida en sus movimientos le daba todavía un aspecto juvenil. Hubo un pequeño momento de incomodidad mientras esperábamos los dos junto a la puerta cerrada, hasta que se decidió a preguntarme, con un acento escocés grave y armonioso, si ya había tocado el timbre. Le respondí que sí y toqué por segunda vez. Dije que quizá mi primer timbre había sido demasiado corto y al oírme el hombre distendió sus facciones en una sonrisa cordial y me preguntó si yo era argentino.
– Entonces -me dijo, cambiando a un perfecto castellano con un gracioso dejo porteño- usted debe ser el alumno de Emily.
