CAPITULO 3

– Me pidieron que esperásemos fuera de la casa -dijo Seldom lacónicamente después de colgar.

Salimos al pequeño porche de la entrada, sin tocar nada a nuestro paso. Seldom apoyó la espalda contra la baranda de la escalera y armó un cigarrillo en silencio. Las manos se detenían cada tanto en un pliegue del papel o repetían interminablemente un movimiento, como si se correspondieran con las detenciones y vacilaciones de una cadena de pensamientos que debía verificar con cuidado. El abrumamiento de unos minutos atrás parecía reemplazado ahora por un esforzado intento de dar sentido o racionalidad a algo incomprensible. Vimos aparecer dos patrulleros, que se estacionaron en silencio junto a la casa. Un hombre alto y canoso, de traje azul oscuro y mirada penetrante, se acercó a nosotros, nos estrechó rápidamente la mano y nos preguntó los nombres. Tenía unos pómulos filosos, que la edad solo parecía ir vaciando y aguzando más, y un aire tranquilo pero resuelto de autoridad, como si estuviera acostumbrado a adueñarse allí donde llegara de la escena.

– Yo soy el inspector Petersen -dijo y señaló a un hombre de guardapolvo verde que nos hizo al pasar una leve inclinación de cabeza-; él es nuestro médico forense. Entren por favor un momento con nosotros: tendremos que hacerles dos o tres preguntas.

El médico se colocó unos guantes de látex y se inclinó sobre la chaise longue; vimos a la distancia que revisaba cuidadosamente durante unos minutos el cuerpo de Mrs. Eagleton y tomaba algunas muestras de sangre y piel que pasaba a uno de sus ayudantes. Un fotógrafo disparó el flash un par de veces sobre la cara sin vida.

– Bien -dijo el médico y nos hizo una seña para que nos acercáramos-: ¿en qué posición exactamente la encontraron?



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