
– La cara miraba contra el respaldo -dijo Seldom-; el cuerpo estaba de perfil… un poco más… Las piernas estiradas, el brazo derecho flexionado. Sí, creo que estaba así. -Me miró para que yo confirmara la posición.
– Y aquella almohada estaba en el suelo -agregué yo.
Petersen recogió la almohada y le hizo notar al forense la mancha de sangre en el centro.
– ¿Recuerdan dónde?
– Sobre la alfombra, a la altura de la cabecera, parecía que se le hubiera caído mientras dormía.
El fotógrafo tomó dos o tres fotos más.
– Yo diría -dijo el forense dirigiéndose a Petersen- que la intención era asfixiarla, sin dejar rastros, mientras dormía. La persona que hizo esto retiró con cuidado la almohada bajo la cabeza, sin deshacer la redecilla, o bien, encontró la almohada caída en el suelo. Pero mientras la apretaba sobre la cara, la anciana se despertó, y tal vez intentó resistirse. Aquí nuestro hombre se asustó más de lo debido, hundió entonces el dorso de la mano o quizá incluso apoyó una rodilla para hacer más fuerza y aplastó sin darse cuenta la nariz por debajo de la almohada. La sangre es simplemente eso: un poco de sangre de la nariz; las venitas a esa edad son muy frágiles. Cuando retiró la almohada se encontró con la cara ensangrentada. Posiblemente volvió a asustarse y la dejó caer sobre la alfombra sin intentar recomponer nada. Tal vez decidió que ya daba lo mismo y se fue lo más rápido posible. Yo diría que es una persona que mata por primera vez, probablemente diestra -extendió los dos brazos sobre la cara de Mrs. Eagleton para hacer una demostración-: la posición final de la almohada sobre la alfombra corresponde a este giro, que sería el más natural para una persona que la hubiera sostenido con la mano derecha.
– ¿Hombre o mujer? -preguntó Petersen.
– Eso es interesante -dijo el forense-. Podría ser un hombre fuerte que la lastimó al aumentar simplemente la presión de los metacarpianos, o bien una mujer que se sintió débil y descargó sobre ella todo el peso de su cuerpo.
