– ¿Hora de la muerte?

– Entre las dos y las tres de la tarde. -El forense se dirigió a nosotros.- ¿A qué hora llegaron ustedes?

Seldom me consultó rápidamente con la mirada.

– Eran las cuatro y media -y dijo después, dirigiéndose a Petersen-: yo diría que más probablemente la mataron a las tres.

El inspector lo miró con un destello de interés.

– ¿Sí? ¿Cómo lo sabe?

– Nosotros dos no llegamos juntos -dijo Seldom-. La razón por la que yo vine hasta aquí es una nota, un mensaje bastante extraño que encontré en mi casillero en Merton College. Desgraciadamente no le presté al principio mucha atención, aunque supongo que ya era tarde de todos modos.

– ¿Qué decía el mensaje?

– El primero de la serie -dijo Seldom-. Solamente eso. En grandes letras mayúsculas. Debajo estaba la dirección de Mrs. Eagleton y la hora, como si fuera una cita: las 3 pm.

– ¿Puedo verlo? ¿Lo trajo con usted? – Seldom negó con la cabeza.

– Cuando lo recogí de mi casillero eran casi las tres y cinco y yo estaba llegando tarde a mi seminario. Lo leí mientras iba camino a mi oficina y pensé, francamente, que era otro mensaje de un perturbado mental. Publiqué hace un tiempo un libro sobre series lógicas y tuve la mala idea de incluir un capítulo sobre crímenes en serie. Desde entonces recibo todo tipo de cartas con confesiones de crímenes… en fin, lo tiré en el cesto apenas entré en la oficina.

– ¿Puede ser entonces que todavía esté allí? -dijo Petersen.

– Me temo que no -dijo Seldom-; cuando salídel aula volví a acordarme del mensaje. La dirección en Cunliffe Close me había dejado algo preocupado: recordé mientras daba la clase que Mrs. Eagleton vivía aquí, aunque no estaba seguro del número. Quise volver a leerlo, para confirmar la dirección, pero el ordenanza había entrado a limpiar mi oficina y el cesto de papeles estaba vacío. Fue por eso que decidí venir.



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