Desde un sillón floreado Mrs. Eagleton me extendía los brazos con una gran sonrisa de bienvenida. Era una anciana de ojos chispeantes y movimientos vivaces, con el pelo totalmente blanco y esponjoso, peinado con cuidado en una orla orgullosa hacia arriba. Reparé al cruzar la sala en una silla de ruedas cerrada y apoyada contra el respaldo, y en la manta de cuadros escoceses que le cubría las piernas. Estreché su mano y pude sentir la fragilidad algo temblorosa de sus dedos. Retuvo la mía calurosamente un momento y me dio unos golpecitos con la otra, mientras me preguntaba por mi viaje, y si aquella era mi primera vez en Inglaterra. Dijo con asombro:

– No esperábamos alguien tan joven, ¿no es cierto, Beth?

Beth, que se había quedado cerca de la entrada, sonrió en silencio; había descolgado una llave de la pared, y después de esperar a que yo respondiera tres o cuatro preguntas más sugirió con suavidad:

– ¿No te parece, abuela, que debería mostrarle ahora su habitación? Debe estar terriblemente cansado.

– Claro que sí -dijo Mrs. Eagleton-; Beth le explicará todo. Y si no tiene otros planes para esta noche estaremos encantadas de que nos acompañe a cenar.

Seguí a Beth afuera de la casa. La misma escalerita de la entrada continuaba en espiral hacia abajo y desembocaba en una puerta pequeña. Inclinó un poco la cabeza al abrir y me hizo pasar a una habitación muy amplia y ordenada, bajo el nivel del suelo, que recibía sin embargo bastante luz de dos ventanas muy altas, cercanas al techo. Empezó a explicarme todos los pequeños detalles, mientras caminaba en torno, abría cajones y me señalaba alacenas, cubiertos y toallas en una especie de recitado que parecía haber repetido muchas veces. Yo me contenté con verificar la cama y la ducha y me dediqué sobre todo a mirarla a ella. Tenía la piel seca, curtida, tirante, como sobre expuesta al aire libre, y esto, que le daba un aspecto saludable, hacía temer a la vez que pronto se ajaría.



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