
Si yo había calculado antes que podía tener veintitrés o veinticuatro años, ahora que la veía bajo otra luz me inclinaba a pensar que tendría más bien veintisiete o veintiocho. Los ojos, sobre todo, eran intrigantes: tenían un color azul muy hermoso y profundo, aunque parecían algo más fijos que el resto de sus facciones, como si tardaran en llegarles la expresión y el brillo. El vestido que llevaba, largo y holgado, con cuello redondo, como el de una campesina, no dejaba decir demasiado sobre su cuerpo, salvo que era delgada, aunque mirando con más atención quedaba algún margen para suponer que esta delgadez no era, por suerte, totalmente uniforme. De espaldas, sobre todo, parecía muy abrazable; tenía algo de la indefensión de las chicas altas. Me preguntó al volver a encontrar mis ojos, aunque creo que sin ironía, si había algo más que quisiera revisar y yo desvié la mirada, avergonzado, y me apuré a decirle que todo estaba perfecto. Antes de que se fuera le pregunté, dando un rodeo demasiado largo, si creía que de verdad debía considerarme invitado esa noche a cenar y me dijo riendo que por supuesto que sí, y que me esperaban a las seis y media.
Desempaqué las pocas cosas que había llevado, apilé algunos libros y unas copias de mi tesis sobre el escritorio, y usé un par de cajones para guardar la ropa. Salí después a dar un paseo por la ciudad. Ubiqué de inmediato, donde empezaba St. Giles, el Instituto de Matemática: era el único edificio cuadrado y horrible. Vi los escalones de la entrada, con la puerta giratoria de vidrio, y decidí que aquel primer día podía pasar de largo. Compré un sandwich y tuve un picnic solitario y algo tardío a la orilla del Támesis, mirando el entrenamiento del equipo de regatas. Entré y salí de algunas librerías, me detuve a contemplar las gárgolas en las cornisas de un teatro, deambulé a la cola de un grupo de turistas por las galerías de uno de los colleges y caminé después largamente atravesando el inmenso Parque Universitario.