
De regreso, entré en un supermercado para hacer una pequeña provisión y me demoré un poco más para encontrar una licorería, donde elegí casi al azar una botella de vino para la cena. Cuando llegué a Cunliffe Close eran poco más de las seis, pero ya había oscurecido casi por completo y las ventanas en todas las casas estaban iluminadas. Me sorprendió que nadie usara cortinas; me pregunté si esto se debería a una confianza quizá excesiva en el espíritu de discreción inglés, que no se rebajaría a espiar la vida ajena, o bien a la seguridad también inglesa de que no harían nada en su vida privada que pudiera ser interesante espiar. No había tampoco rejas en ningún lado; daba la impresión de que muchas de las puertas estarían sin llave.
Me duché, me afeité, elegí la camisa que se había arrugado menos dentro del bolso y a las seis y media subí puntualmente la escalerita y toqué el timbre con mi botella. La cena transcurrió con esa cordialidad sonriente, educada, algo anodina, a la que habría de acostumbrarme con el tiempo. Beth se había arreglado un poco, aunque sin consentir en pintarse. Tenía ahora una blusa negra de seda y el pelo, que lo había peinado todo hacia un costado, le caía seductoramente de un solo lado del cuello. En todo caso, nada de esto era para mí: pronto me enteré de que tocaba el violoncelo en la orquesta de cámara del Sheldonian Theatre, el teatro semicircular con gárgolas en los frisos que había visto en mi paseo.
